• Libro de los márgenes I. Eso sigue su curso. (Arena libros, 2004)- Edmond Jabès
  • Paul Auster: La invención de la soledad. Ed. Anagrama, 1994
  • Roland Barthes: Fragmentos de un discurso amoroso (Siglo XXI Editores)
  • Los Enamorados. Alfred Hayes. La Bestia Equilátera, 2010
  • Isak Dinesen. Anécdotas del destino. Ediciones Alfaguara, 1983. Traducción: Francisco Torres Oliver
  • El odio a la música. Pascal Quignard. El cuenco de plata, 2012
  • Ayer, Agota Kristof  Trad. Ana Herrera Ferrer. El Aleph, Barcelona, 2009.
  • Julio Cortázar: Salvo el crepúsculo. Editorial Nueva imagen, 1987
  • Cuentos reunidos. Isak Dinesen. Ed. Alfaguara, 2011

7 may. 2013

El sueño (texto propio)

El sueño

Van Gogh - La habitación en Arles
“Durante mucho tiempo no tengo vestidos propios. Mis vestidos son una especie de saco, están hechos con viejos vestidos de mi madre que son a su vez una especie de sacos.”
Marguerite Duras

Silencio. Antes y después, silencio. Un silencio nuevo y extraño a partir de esa imagen. Imagen coagulada en los ojos de esa niña, pegada a la piel durante varias décadas.
Y en el medio, un grito. Algo, interrumpe el sueño y atraviesa la realidad cotidiana incrustándose como un parásito en el dormir. Otro grito y la sensación adormecida, que ese ruido lejano la llamaba a ella.
Abrir los ojos y escuchar. Un fragmento de sonido toma su nombre, en la voz desesperada. La ensoñación persiste todavía, cuando el llamado inundaba los oídos y el cuerpo se levanta de la cama, sin poder creer que su hermana menor continúe durmiendo.
Los ojos no se acostumbran a la oscuridad; los objetos están sumergidos en la penumbra y sin embargo, el camino de su habitación a la de sus padres, podría hacerlo hasta sonámbula. Y los pasos crecen, aumentan, al distinguir en la tenue luz de la noche que atraviesa las ventanas del comedor, la ubicación de los muebles.
Sus piernas no entienden dónde van. Dónde se origina el grito de su padre, dónde la lleva. De hecho pareciera que él no está, que se hubiera disuelto entre la puerta de calle y el jardín.
Y ella, en la víspera del décimo cumpleaños de su hermana, llega a la entrada de la habitación de los padres. Está ahí desdoblada: parada, desvanecida, muda. La mirada de doce años no comprende qué ocurre con su madre y con ella. Ni siquiera si eso es cierto. Todo lo que ve, es la imagen que opaca su entorno.
Después, sólo queda el aturdimiento: unos brazos que la sacan del marco y la dejan a un costado; la aparición de una vecina que toma un abrigo, envuelve a su madre y se la lleva, una distinta de aquella que un momento atrás, no recuerda si estaba despierta, levantada o acostada. Su padre que regresa, se acerca para darle un beso, apaga la luz y escucha que dice: ─No te preocupes… va a estar bien… Andá a dormir y cuidá a tu hermana. ─ y vuelve a desdibujarse de la escena. El golpe lejano de una puerta que se cierra, el sonido de unas llaves y nada más.
Ya no hay luces ni reflejos, sólo el silencio invadiéndola, allí, parada, mirando el lugar por donde desaparecieron.
Una quietud desolada ocupa la casa. Desanda sin entender el camino hasta su cuarto. Se acuesta en su cama sin taparse. El cuerpo no siente el frío de esos días de otoño. Duerme rápidamente. Todavía atontada, retorna al interior del sueño abandonado: la llegada con su familia al pequeño pueblo donde vivían sus abuelos maternos; el reencuentro con primos y tíos, luego de un año de distancias. La sensación del viento al andar a caballo, al galope, disfrutando con otros chicos esa inmensidad alcanzada en medio del campo. Y después el almuerzo, lleno de anécdotas, risas, peleas, juegos... La fuerza del sol y del calor sofocante de cada verano... Cuando su hermana tironea una y otra vez de su remera y la mañana destemplada irrumpe, agrieta sus ojos.

Susana Espíndola
Diciembre de 2012 

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